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Los Mandarines by Simone De Beauvoir

By Simone De Beauvoir

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Entonces, si nos limitamos al presente, ¿qué ventaja hay en que Fernandito se convierta en un chico risueño y aturdido como los demás chicos? ” Me dirigí al cuarto de baño, traje una palangana y un montón de diarios viejos, me arrodillé ante la chimenea donde ardían sin fuerza bolas de papel; humedecí las hojas impresas, empecé a apretarlas. Sentía menos repugnancia que antes por esta clase de trabajos; con la ayuda de Nadine, y a veces una manita de la portera, conseguía manejar la casa. Al menos, mientras trituraba esos diarios viejos estaba segura de hacer algo útil.

La morochita y la pelirroja, que tienen pechos falsos tan bonitos, bajo el vestido no se parecen en nada -apoyó su barbilla contra la palma de la mano y miró fijamente a Enrique- ¿No le divierten las mujeres? -Así, no. -Y entonces ¿cómo? 35 Los Mandarines - Simone de Beauvoir -Y bueno, me gusta mirarlas cuando son bonitas, bailar con ellas y conversar. -Para conversar son mejores los hombres -dijo Nadine. Su mirada se hizo desconfiada-. ¿En realidad, por qué me invitó? No soy bonita, bailo mal y no converso bien.

Me besó la mano, cosa que detesto; una mano es algo más desnudo que un rostro, me molesta que la miren tan de cerca. -¿Qué quiere tomar? -preguntó-. ¿Un Martini? -Bueno, un Martini. El bar estaba lleno de oficiales americanos y de mujeres bien vestidas; el calor, el olor a cigarrillos, el gusto cortante del gin se me subieron en seguida a la cabeza y me alegró estar allí. Scriassine había pasado cuatro años en los Estados Unidos, el gran país liberador, el país donde las fuentes escupen chorros de jugos de fruta y de cremas heladas; lo interrogué ávidamente.

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